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Subirse a la moto para abandonar los miedos

Todos tenemos algo que queremos hacer y no nos animamos. Esta es la historia de Martín, al que la decisión de comprarse una moto le cambió la vida.

Martín es arquitecto.

A los 50 años fue diagnosticado con la enfermedad de Parkinson.

El camino por el que transitó toda su vida y la rutina con la que llevaba sus días, de repente, dejó de tener sentido. Sintió que había perdido todo y que jamás volvería a ser el mismo. Nunca había pensado en hacer algo distinto, ni se había cuestionado su forma de vida. Pero de repente, cayó en la cuenta de que todo ese tiempo que había gastado en un  trabajo que no lo apasionaba, no volvería jamás.

En vez de pensar en su enfermedad como una limitación para su vida, sintió que era el momento de perseguir todos aquellos sueños que nunca se había animado a concretar. Estaba decidido, debía aprovechar su tiempo. Dejó las dudas a un lado e hizo lo primero que tenía en su lista de pendientes: se compró una moto.

Desde joven, Martin admiraba las motos, pero desde lejos; veía competencias, programas de restauración y hasta páginas web de venta, pero nunca se había animado a subirse a una. Llevaba el deseo de andar en moto bien escondido adentro suyo,  ahí junto a todos sus miedos.

Pero eso ahora era parte del el pasado, Martín había decido que el miedo no volvería a frenarlo, sino que sería el motor que lo impulsaría al cambio.

Su esposa Mariana, no estaba muy convencida de estos nuevos arrebatos. Estaba aterrada con la posibilidad de un accidente. Pero él estaba dispuesto a hacerlo, porque una vez que entendés que todo se termina en algún momento, te asegurás de no dejar pasar la oportunidad para hacer lo que amás.

Cuando tomó la decisión, no tenía ni el dinero ni la posibilidad de comprarse una cero kilómetro. Sin embargo, quería una moto en la que se sintiera seguro. Optó por una Honda XR250, del año 2005, que debía ser restaurada y puesta a punto. Para él se trataba de ingresar a un mundo nuevo y de disfrutar todo el proceso. Entonces decidió que iba a restaurarla él mismo; desarmarla, agrupar las piezas, ver cuáles tenía y cuáles le faltaban, llevar el motor a que lo arregle un profesional, y pulirla para que brillara como nueva. Sus hermanos tenían conocimientos en restaurar motos, así que les pidió un poco de ayuda. Lo guiaron sobre talleres, piezas y el proceso de restauración, pero Martín quería encargarse de armarla él mismo.

Fue largo el camino, hasta que pudo por fin disfrutar de su moto. Pero valió la pena, porque desde la primera vez que se subió, sintió un cambio en él mismo. Subirse a la moto era mucho más que un escape, era su terapia personal. Ahí arriba, según él, todos los problemas parecían insignificantes, mientras que lo que realmente le importaba en la vida cobraba sentido.

Gracias a la moto, dejó de vivir mecánicamente, y comenzó a vivir siendo consciente de sus deseos y proyectos personales, miedos, consciente de lo corta que es la vida y que debía hacerla valer.

En aquella nueva actividad encontró algo que creyó que había perdido: el sentimiento de libertad. Después de sentir que no podía controlar su destino, el hecho de subirse a la moto y poder tomar las riendas, hizo que se deshiciera de todo ese dolor y enojo. La frustración se transformó en kilómetros recorridos, y el miedo, en viento en la cara.

Escrito por Mora Villar.

 




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