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Algunos son interpelados por el fútbol, la música o el arte, a tal punto que sueñan con profesionalizarse en esas disciplinas, pero para Jorge Monasterio – director de la revista Informoto – fue desde chico su pasión por las motos, uno de esos sentimientos intensos que moldean destinos.  

Su relación con las dos ruedas, quizás no transcurrió por los canales más convencionales (transformarse en corredor de motos o representante de alguna marca) sino que tomó una veta más original e impensada, convirtiéndolo en difusor de la existencia de ese mundo, en un entusiasta, dispuesto a contagiar su pasión a todo aquel con el que se topara. 

Para conocer la historia de Jorge, empezamos su recorrido en 1981.

El 15 de mayo de ese año, Jorge entraba en los negocios de motos para dejar una hoja foto duplicada con información recabada sobre motos y marcas. Así, llegaba al mostrador, nada menos que el primer número de Informoto, su periódico semanal de motos que con el tiempo crecería hasta volverse, en la actualidad, en el más importante del país.

Pero ese año también fue clave de algo más. Por primera vez, Jorge convocó a sus amigos a realizar un viaje en moto a Bariloche. Luego de una bajada en dominó por parte de sus acompañantes, este “viaje en grupo” se transformó en un “viaje solo“, pero quedó encendida en él la idea para un nuevo proyecto: salidas grupales para motociclistas. Un viaje para juntarse con amigos, frenar la moto en distintos puntos de la ruta y comer algo mientras se cuentan, mienten o exageran, algunas anécdotas. En definitiva, el gran sueño de Jorge puede resumirse en una sola intención: crear una comunidad en torno al amor por las motos.

Esos primeros años, son años de tiros al azar, de búsquedas caprichosas por entender cómo hacer que crezca el proyecto y cómo mejorarlo.

Las búsquedas de identidad suelen ser así: repletas de osadía, errores y aciertos. Uno de esos grandes aciertos se dió en 1983 cuando organizó el primero Enduro del país. Se hizo en Pinamar y tuvo 75 participantes. ¿Y el primer error? También se dio ese mismo año, cuando por vueltas del destino, el evento pasa a otras manos. Esta experiencia del Enduro le dejó un sabor agridulce, si bien su sueño estaba tomando forma, no estaba seguro de que esa forma fuera la que se imaginaba. Todavía no había logrado su primer propósito: armar la comunidad que él quería. Porque su público objetivo no era el de los corredores, o especialistas, él quería llegar a todos los que tenían algún tipo de vínculo con las dos ruedas.

Tenía claro que Informoto necesitaba de la publicidad para existir y crecer, pero no quería que su periódico se transformara en un medio infocomercial en el que el objetivo principal fuera solo vender publicidad o notas.

La historia de Informoto, además, es una especie de radiografía de la Argentina y sus devaneos económicos y políticos.

En la época de Alfonsín, por ejemplo, el motociclismo pasa por una época de escasez pronunciada, en la que es imposible conseguir buenos rodados, para reaparecer en los ´90, con una fuerza inusitada. Entran modelos del extranjero y el rubro pasa por una época de auge.

Y así entra también la época dorada del periódico, con tiradas que llegan a los 35.000 ejemplares y con ventas que alcanzan el 65% de la producción. Su cobertura se expande por Latinoamérica, Brasil, California y Miami, y de a poco se va logrando depender menos de la publicidad para generar suscripciones.

En 1995, la publicación se ve afectada por el efecto tequila y las contrariedades que produjo en la economía del país. 

En 1996, se hace el encuentro en Azul y se crea Informoto Club, formalizando la comunidad con la que Jorge siempre soñó.

A partir de ahí, los encuentros crecieron y se multiplicaron. El espíritu de Jorge, en este sentido, fue siempre contrario al de las caravanas, ya que entiende que todas las personas tienen formas distintas de manejo. Por eso, la idea de viajar juntos no le interesa ni le parece muy seguro, su plan siempre fue poner un punto de encuentro en el que pasar el rato, compartir anécdotas y que cada uno llegue como quiera, para evitar amontonamientos y bloqueos de ruta.

Su lema siempre fue el mismo: no importa la moto sino el que va arriba. Y los encuentros de Informoto son un digno reflejo de este pensamiento, ya que siempre  buscaron celebrar el encuentro, la amistad y el amor por las motos. Todas sus reuniones se caracterizan por el enfoque en las personas, en conocer sus historias, y no tanto en alabar mutuamente sus motos.

La crisis del 2001 casi pone un fin definitivo al proyecto. Apenas logran sacar tres ediciones en todo el año. Y los años siguientes no fueron más fáciles, llegando a sólo 5 ediciones en el 2003. Pero, siempre atento a las tendencias del mundo, y también un poco empujado por un amigo, en 1999 encuentra lo que sería su salvación y crea una página web propia. Ese espacio, hizo que en esos años de imposibilidades económicas, la comunidad que había creado tuviera un lugar donde seguir viviendo.

Por el 2004 comienza el resurgimiento de la publicación y es el momento que Jorge considera la etapa más virtuosa, por la calidad del material que consiguen generar.

Paralelamente, se reactivan los encuentros, generando salidas icónicas como la del NOA en 2007. Esta cruzada a lo largo del territorio argentino, fue tan importante, que el gobierno de Jujuy puso a su disposición a la policía para abrirles paso por las calles en su llegada. De estas magnitudes, también cabe resaltar el encuentro en Ulibelarrea, épico en términos de convocatoria, tuvieron que cortar las calles para poder estacionar las motos.

En 2008 hicieron el último encuentro grande. Con base en San Martin, se dispusieron a recorrer San Martín de los Andes, los 7 lagos y Villa La Angostura. Fue tal la convocatoria, que tuvieron que cerrarles un hotel sólo para ellos.

  Cuando Jorge leyó en una nota editorial del New York Times que a partir de ese entonces iba a salir online de lunes a viernes, se dio cuenta de que el futuro de su suplemento en versión papel tenía poco tiempo de vida por delante.

Fue así que, a partir del 2007, comenzó a trabajar en pos de esa transición para su revista. Tomó su tiempo, pero 12 años después, este febrero se publicó la última edición impresa en papel.

Pero a no confundirse, después de 38 años, Informoto, sigue tan viva como siempre; cien por ciento instalada en la modernidad y dispuesta a darle a su comunidad todo lo que siempre les brindó.

En este sentido, Jorge nos cuenta que ya están invitando a una nueva salida el 3 y 4 de agosto. Es una salida pensada para estos tiempos difíciles por lo que hay diferentes formas de alojarse como campings, hoteles y casas.

Este encuentro se hace con el espíritu de siempre: el placer por el viaje, el tiempo compartido y el paisaje.

¿Te gustaría ser parte de una experiencia así?

Próximamente estaremos compartiendo toda la información para que te sumes a esta nueva aventura, parte de la historia de Informoto Club, que sigue acompañando a los argentinos desde hace casi 4 décadas.

 

 

 

 

 

Algunos escritores sostienen que en la vida moderna el concepto de aventura no existe. Henry von Wartenberg es la refutación viva de tal afirmación.
Fotógrafo, periodista y amante de las motos, Henry nos cuenta que ha hecho más de 30 travesías a lo largo de 40 países. Ahora mismo está terminando de preparar su próxima e inminente aventura: una travesía por Tierra del Fuego. Su plan consiste en atravesar toda la península Mitre, desde Moat hasta Cabo San Pablo. Se trata de más de 250 kms que hará caminando y otros 60km en cuatriciclo; unos amigos lo esperarán en un punto específico de la ruta con los rodados listos para conducir juntos hasta Río Grande, adónde finalizarán el viaje.
Henry está familiarizado con las motos desde los 11 años. Su pasión por las dos ruedas se remite a los tiempos en los que las importaciones estaban cerradas y en el país sólo se veían pequeños rodados como la Honda Corvex de 50 cc, mientras soñaba con los grandes modelos que se veían en las películas y series
extranjeras.

Ya de adolescente y con la importación abierta, manejó todos los modelos y tamaños que pudo. Estudiante de veterinaria, se fue abocando cada vez más a la fotografía periodística hasta volverse un empleado estable de la editorial Atlántida.
La moto se transformó en un aliado vital para ir y venir a todas partes con su cámara a cuestas. Llegó a tener nueve modelos diferentes a la misma vez.


En 2003, surgió la idea de armar su primera travesía con un grupo de amigos: recorrer en moto de Ushuaia a la Quiaca por la mítica ruta 40. Viaje que quedó para siempre dentro de su lista de los tres más memorables. Los otros dos se transformaron en libros gracias al sponsoreo de BMW.
Charles Darwin al sur del sur , es uno de estos.
La idea surgió cuando leyó una biografía de Charles Darwin que le despertó el interés por saber todos los detalles del viaje del gran naturalista. La investigación desembocó en un viaje en moto por Argentina, Chile y Uruguay, reconstruyendo los pasos de Darwin y actualizando con sus fotos la mirada del inglés, una especie de “evolución de la evolución montado sobre un caballo moderno”.
El otro libro es De gira al sur que testimonia otro de sus viajes preferidos: una travesía en solitario desde Alaska hasta Tierra del Fuego que hizo también en moto. Un recorrido por paisajes increíbles y una geografía tan diversa como desafiante aún para un experimentado motociclista como él.

Henry tiene publicados más de 21 libros de sus fotografías y sigue preparando más. Entre sus próximos proyectos está “Riders” para la prestigiosa firma Quarto Groupe. Se tratará de una antología de instantáneas de conductores y conductoras de motos de todas partes del mundo, producto de sus incesantes viajes.

Aprovechamos su visita y su gran expertise en travesías en moto para pedirle algunos consejos.
Para cualquier viaje que se quiera hacer, según Henry, la planificación es fundamental. Por ejemplo, el viaje de Alaska a Ushuaia le llevó un año entero de planificación: calculó kilómetro a kilómetro el camino, las paradas y los elementos necesarios para llevarlo a cabo.
Indispensable antes de cualquier travesía: hacer un buen mantenimiento general que incluya revisar la cadena y la lubricación. Otro detalle importante son los frenos: si la moto tiene frenos a disco, controlar las pastillas y si tiene cinta, sacar la rueda y asegurarse que todo está en orden.
Otro detalle importante para Henry es el mapa rutero. El GPS puede apagarse, romperse o funcionar mal. El mapa no. Además, hay que tener siempre presentes las coordenadas del viaje y tenerlas anotadas.
En este sentido, la hoja de ruta de cualquier viaje, ya sea corto o largo, incluye saber por dónde se irá y cuántos kilómetros hay de un punto a otro; saber en qué lugar cargar combustible es un factor clave.
Si el conductor sale por primera vez de travesía, la recomendación de Henry es que sea en compañía de alguien que ya tenga experiencia previa.
Así como se dice que lo valiente no quita lo cortés, el espíritu aventurero no es enemigo de la planificación. Por el contrario, diría un viajero experimentado como Henry, es su principal aliado.

Había acompañado a mi primo Héctor a visitar a sus abuelos de la otra rama familiar.

La casa quedaba en un barrio privado, cuando los barrios privados se parecían más a quintas que a mundos cerrados.

Eran los últimos días de noviembre. Durante la mañana había estado nublado y fresco; pero a la tarde, el sol estaba furioso: los chapuzones en las piletas de los vecinos tapaban la música clásica que salía de la radio que la Abuela de Héctor iba trasladando de un lado al otro.

En la casa en la que estábamos también había una pileta. Habíamos traído mayas en la mochila porque mi tío sabía que el día iba “a ponerse bárbaro”. Nos moríamos de ganas por meternos. Y, sin embargo, nos tuvimos que aguantar esas ganas, para no delatar la travesura que habíamos hecho al mediodía, cuando aburridos de dar vueltas sin sentido por la casa, habíamos llegado al garaje.

Entre estantes repletos de clavos, tornillos y arandelas, habíamos descubierto un ciclomotor apoyado a la pared. Ninguno de los dos había manejado nunca algo con motor, pero pensamos que no podía ser más difícil que manejar una bicicleta. A escondidas salimos a la calle y nos subimos.

El primero en manejar fue Héctor, yo iba atrás. Dimos una vuelta por todo el barrio sin problemas.

Después pasé yo al volante. A medida que iba acelerando, empecé a sentir miedo de no poder controlar la moto, como si fuera una especie de caballo enloquecido al que no podía domar. Manejaba cerca de la vereda intentando que la rueda no golpeara contra el cordón. Pero fue lo primero que hice; ni bien la goma tocó la vereda, la moto empezó a zigzaguear y caímos al piso, arrastrándonos por el pavimento unos metros.

La moto terminó rayada y con una luz rota; nosotros con las piernas cubiertas de raspones y un poco ensangrentadas.

Regresamos la moto al lugar en el que la habíamos encontrado, tapamos las heridas debajo de los pantalones largos y nos pasamos el día sufriendo el calor, el contacto de la tela en la piel y la vergüenza de haber hecho una estupidez.

A cada rato, la abuela se acercaba y nos invitaba a sacarnos los pantalones largos e ir al agua. Negábamos con la cabeza y nos mirábamos de reojo como dos perros a los que acaban de encontrar comiéndose el sillón.

Nunca nadie nos retó por los daños en la moto.

Diez años después, mientras recorríamos en moto el sur de Argentina, nos acordamos de aquella tarde en la que nos subimos por primera vez a una moto y habíamos aprendido a las malas la importancia de manejar usando las protecciones adecuadas.

Martín es arquitecto.

A los 50 años fue diagnosticado con la enfermedad de Parkinson.

El camino por el que transitó toda su vida y la rutina con la que llevaba sus días, de repente, dejó de tener sentido. Sintió que había perdido todo y que jamás volvería a ser el mismo. Nunca había pensado en hacer algo distinto, ni se había cuestionado su forma de vida. Pero de repente, cayó en la cuenta de que todo ese tiempo que había gastado en un  trabajo que no lo apasionaba, no volvería jamás.

En vez de pensar en su enfermedad como una limitación para su vida, sintió que era el momento de perseguir todos aquellos sueños que nunca se había animado a concretar. Estaba decidido, debía aprovechar su tiempo. Dejó las dudas a un lado e hizo lo primero que tenía en su lista de pendientes: se compró una moto.

Desde joven, Martin admiraba las motos, pero desde lejos; veía competencias, programas de restauración y hasta páginas web de venta, pero nunca se había animado a subirse a una. Llevaba el deseo de andar en moto bien escondido adentro suyo,  ahí junto a todos sus miedos.

Pero eso ahora era parte del el pasado, Martín había decido que el miedo no volvería a frenarlo, sino que sería el motor que lo impulsaría al cambio.

Su esposa Mariana, no estaba muy convencida de estos nuevos arrebatos. Estaba aterrada con la posibilidad de un accidente. Pero él estaba dispuesto a hacerlo, porque una vez que entendés que todo se termina en algún momento, te asegurás de no dejar pasar la oportunidad para hacer lo que amás.

Cuando tomó la decisión, no tenía ni el dinero ni la posibilidad de comprarse una cero kilómetro. Sin embargo, quería una moto en la que se sintiera seguro. Optó por una Honda XR250, del año 2005, que debía ser restaurada y puesta a punto. Para él se trataba de ingresar a un mundo nuevo y de disfrutar todo el proceso. Entonces decidió que iba a restaurarla él mismo; desarmarla, agrupar las piezas, ver cuáles tenía y cuáles le faltaban, llevar el motor a que lo arregle un profesional, y pulirla para que brillara como nueva. Sus hermanos tenían conocimientos en restaurar motos, así que les pidió un poco de ayuda. Lo guiaron sobre talleres, piezas y el proceso de restauración, pero Martín quería encargarse de armarla él mismo.

Fue largo el camino, hasta que pudo por fin disfrutar de su moto. Pero valió la pena, porque desde la primera vez que se subió, sintió un cambio en él mismo. Subirse a la moto era mucho más que un escape, era su terapia personal. Ahí arriba, según él, todos los problemas parecían insignificantes, mientras que lo que realmente le importaba en la vida cobraba sentido.

Gracias a la moto, dejó de vivir mecánicamente, y comenzó a vivir siendo consciente de sus deseos y proyectos personales, miedos, consciente de lo corta que es la vida y que debía hacerla valer.

En aquella nueva actividad encontró algo que creyó que había perdido: el sentimiento de libertad. Después de sentir que no podía controlar su destino, el hecho de subirse a la moto y poder tomar las riendas, hizo que se deshiciera de todo ese dolor y enojo. La frustración se transformó en kilómetros recorridos, y el miedo, en viento en la cara.

Escrito por Mora Villar.

 

A lo largo del último mes, nuestros amigos de las redes sociales se encontraron con los audios de la Colo, una fanática de las motos que cuenta (sin filtros) sus experiencias arriba de las dos ruedas.

¿Pero quién es la Colo? y ¿De dónde surgieron sus audios? Nos sentamos con ella para entrevistarla y que todos puedan conocerla.

Colo te atrapa enseguida, tiene un ángel particular. Llegó montada en una Yamaha mt03, una moto pesada y bastante alta para alguien de un metro cincuenta. Lo que ya nos dice mucho sobre su personalidad.

“Los audios nacieron de casualidad”, comenta. “Un amigo me preguntó sobre el micromachismo en el mundo de las motos. Él dudaba de si al ir con el casco, los guantes y la campera, se notaba si yo era mujer. Y si se notaba, si eso generaba algún tipo de reacción diferente. Obviamente que sí. Le mandé varias anécdotas de las cosas que me pasaron y me pasan cotidianamente. Le gustaron y le pareció que eran un buen material para invitar a otras moteras a contar sus experiencias. Así nació todo.”

Cuando nos remontamos a su primer contacto con este universo de motores y llantas, nos cuenta que su primer novio era más grande y tenía una moto NX 200, una de esas todo terreno, con la que iban a todos lados. Esa fue la primera chispa, pero la llama se terminó de encender años después. A los 20 años, cuando un amigo la invitó a un encuentro de chopperasya no hubo vuelta atrás, necesitaba saber todo sobre ese increíble mundo de libertad que acaba de descubrir.

 

Ahora, parada frente a nosotros, con su pelo colorado que el viento sacude con obstinación, nos damos cuenta de que efectivamente se metió de lleno en el tema. En la conversación se cuelan modelos de motos y sus problemas, recomendaciones y muchas anécdotas, entre las que sobresale la de su hermano: cuando él había juntado la plata para comprarse lo que iba a ser su primer auto, la Colo lo terminó convenciendo de que se comprara una moto. Esto probablemente afectó el curso de su vida, ahora su hermano es mecánico y dueño de tres motocicletas.

Ella, por su parte, pudo comprarse su primera moto recién a sus 27 años, y viendo lo que le apasionan, es fácil entender el suplicio que fue esperar tanto tiempo para poder subirse a una propia. “Mi primera moto fue una Honda Rebel 250. Fue genial porque hice lo que quise. La tunee como quise. me saqué todas las ganas de jugar. La desarmé y armé a gusto durante todo el tiempo que la tuve.”

Al final, el romanticismo se fue perdiendo y optó por una versión más práctica. La Honda era hermosa, pero era muy pesada para ella y consumía el triple de nafta que la moto que tiene ahora. Sin embargo, aún extraña esa sensación de prenderla y que la moto se acelere con garra, algo que solo tienen esos modelos.

Además de las motos, la Colo tiene otra pasión, las historietas. Las aventuras de su personaje, “La negra gedienta”, ponen en manifiesto el machismo que la rodea, pero también desafía los chiché que tanto imperan en las historietas que tocan temáticas femeninas y en las que siempre se habla de tipos, citas o confesiones diarias. El personaje de su historieta además de andar en moto, hace asado,  tiene más de un novio y lo que más le preocupa de la inflación es el aumento de la cerveza.

Puede que la Colo, para algunos, esté siguiendo los pasos de Maitena, pero no cabe duda que con su impronta, ella se impuso una misión: sacudir los estereotipos para todos lados.

Lo que más llama la atención al hablar con ella, es la energía que tiene. Es temprano y ella no para de hablar. Tiene una facilidad increíble para los chistes y las anécdotas. Por cada tema que tocamos, ella tiene alguna historia para contarnos. Al hablar por ejemplo, de lo difícil que se pone el tránsito a la hora pico y más en zonas como Belgrano, ella nos cuenta otra anécdota: un rastrojero se frenó en doble fila a las seis de la tarde. Llovían bocinazos e insultos, pero el tipo estaba inmutable. Cuando media hora después le tocó pasar a ella con su moto, le gritó de todo. El conductor la miró y le dijo “ es que mami, esto lo hice solo para hacerte enojar a vos” y su grito se transformó en carcajada.

Damos una vuelta en su moto. Es admirable lo bien que maneja pero también la capacidad que tiene para frenar en las esquinas y sostener todo ese armatoste

Después de unos mates se va. La vemos doblar la esquina y, pequeña como es, parece un gigante perdiéndose en el horizonte.

Uno entonces se queda solo y sabe que ha estado con esas personas que son únicas, por francas, pero sobre todo, porque se animan a vivir el mundo desde su propia óptica.  Esa misma óptica que nos comparte en cada audio y nos invita a aportar nuestras propias experiencias. 

Misión Escape

Hoy te contemos la historia de este francés que para escapar de un desierto en Marruecos no tuvo otra opción que armarse su propia moto. Luego de 20 años, su historia se volvió viral.

Todo iba bien hasta que…

Emile Leray, de 62 años y electricista, tuvo un incidente al encontrarse un control caminero que no lo dejaba pasar, por lo que decidió mandarse por una ruta alternativa, pedregosa e irregular, lo que casi sella su destino para siempre. Se encontraba en el suroeste de Marruecos, en la zona de Tan-Tan, cuando chocó su Citroën y le rompió el eje delantero.

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Emile decidió que con los víveres que contaba no iba a poder llegar al pueblo más cercano, a decenas de kilómetros, con lo cual fraguó un plan macabro – convertir su Citroën en moto. Con un par de herramientas básicas, el McGyver francés avanzó a paso seguro, usando la carcasa de su auto como escudo contra las tormentas de arena.

Entre las particularidades de su moto, podemos mencionar que Emile tuvo que invertir la transmisión y manejó todo el tiempo “en reversa” pero hacia adelante. La moto pudo tener espacio para un tanque de nafta y baterías.

Cuenta la anécdota que, cuando finalmente llegó al pueblo, los policías lo detuvieron por estar usando una moto con chapa patente de auto. Guionistas del mundo, para cuando la peli?

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