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La adrenalina que sentimos al subirnos a nuestra moto intentó ser imitada muchísimas veces en los videojuegos. Hicimos este Top 5 como un mix entre esos juegos clásicos inolvidables con los que crecimos y los actuales, que digitalmente recrean la realidad de forma increíble.

Road Rash – 1991

Los 90´s fueron la década de la explosión de las consolas caseras. Y las motos no se quedaron afuera de ese boom.

Desarrollado por Electronic Artes, fue lanzado a principio de los 90´s para Sega Mega Drive.

Inolvidable juego, Road Rash entra en el subgénero de carreras callejeras ilegales.

 

 

MXGP 2 – 2016

Este juego te enfrenta a los desafíos del Mundial de Motocross: Dobles, triples, scrubs, etc. 

Jugarlo es una experiencia increíble, el grado de detalle de los gráficos y la jugabilidad hacen que sea uno de los juegos más auténticos.

 

  Trials Evolution – 2012

Quizás el juego más puro y directo de la lista: es, nada más y nada menos, que motocross al mango.

De corte arcade, en 2012 regresó mejorado este juego que hizo grande a la franquicia RedLynx. Su versatilidad, además de una jugabilidad excelente, atrajo a una nueva legión de fans.

 

Hang On – 1985

¡Este me lo re acuerdo de jugarlo en Mar del Plata en los fichines! Era un flash para la época porque tenía control de movimiento, es decir, cuando jugabas tenías que subirte en un aparato que simulaba una moto. Desarrollado por Sega, fue uno de los primeros jueguitos que utilizó gráficos de 16 bits. 

 Moto GP 15 – 2015

Esta serie cuenta con licencia oficial de MotoGP y la entrega num. 15 elevó el género a otro nivel. Esincreíblemente realista y por eso recibió varias críticas: por acercarse tanto a la realidad es verdaderamente difícil controlar la moto.

Por eso, ganar un Gran Premio le levanta la moral a cualquier novato que se anime a este juegazo.

 

Había acompañado a mi primo Héctor a visitar a sus abuelos de la otra rama familiar.

La casa quedaba en un barrio privado, cuando los barrios privados se parecían más a quintas que a mundos cerrados.

Eran los últimos días de noviembre. Durante la mañana había estado nublado y fresco; pero a la tarde, el sol estaba furioso: los chapuzones en las piletas de los vecinos tapaban la música clásica que salía de la radio que la Abuela de Héctor iba trasladando de un lado al otro.

En la casa en la que estábamos también había una pileta. Habíamos traído mayas en la mochila porque mi tío sabía que el día iba “a ponerse bárbaro”. Nos moríamos de ganas por meternos. Y, sin embargo, nos tuvimos que aguantar esas ganas, para no delatar la travesura que habíamos hecho al mediodía, cuando aburridos de dar vueltas sin sentido por la casa, habíamos llegado al garaje.

Entre estantes repletos de clavos, tornillos y arandelas, habíamos descubierto un ciclomotor apoyado a la pared. Ninguno de los dos había manejado nunca algo con motor, pero pensamos que no podía ser más difícil que manejar una bicicleta. A escondidas salimos a la calle y nos subimos.

El primero en manejar fue Héctor, yo iba atrás. Dimos una vuelta por todo el barrio sin problemas.

Después pasé yo al volante. A medida que iba acelerando, empecé a sentir miedo de no poder controlar la moto, como si fuera una especie de caballo enloquecido al que no podía domar. Manejaba cerca de la vereda intentando que la rueda no golpeara contra el cordón. Pero fue lo primero que hice; ni bien la goma tocó la vereda, la moto empezó a zigzaguear y caímos al piso, arrastrándonos por el pavimento unos metros.

La moto terminó rayada y con una luz rota; nosotros con las piernas raspadas y un poco ensangrentadas.

Regresamos la moto al lugar en el que la habíamos encontrado, tapamos las heridas debajo de los pantalones largos y nos pasamos el día sufriendo el calor, el contacto de la tela en la piel y la vergüenza de haber hecho una estupidez.

A cada rato, la abuela se acercaba y nos invitaba a sacarnos los pantalones largos e ir al agua. Negábamos con la cabeza y nos mirabamos de reojo como dos perros a los que acaban de encontrar comiéndose el sillón.

Nunca nadie nos retó por los daños en la moto.

Diez años después, mientras recorríamos en moto el sur de Argentina, nos acordamos de aquella tarde en la que nos subimos por primera vez a una moto y habíamos aprendido a las malas la importancia de manejar usando las protecciones adecuadas.

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Misión Escape

Hoy te contemos la historia de este francés que para escapar de un desierto en Marruecos no tuvo otra opción que armarse su propia moto. Luego de 20 años, su historia se volvió viral.

Todo iba bien hasta que…

Emile Leray, de 62 años y electricista, tuvo un incidente al encontrarse un control caminero que no lo dejaba pasar, por lo que decidió mandarse por una ruta alternativa, pedregosa e irregular, lo que casi sella su destino para siempre. Se encontraba en el suroeste de Marruecos, en la zona de Tan-Tan, cuando chocó su Citroën y le rompió el eje delantero.

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Emile decidió que con los víveres que contaba no iba a poder llegar al pueblo más cercano, a decenas de kilómetros, con lo cual fraguó un plan macabro – convertir su Citroën en moto. Con un par de herramientas básicas, el McGyver francés avanzó a paso seguro, usando la carcasa de su auto como escudo contra las tormentas de arena.

Entre las particularidades de su moto, podemos mencionar que Emile tuvo que invertir la transmisión y manejó todo el tiempo “en reversa” pero hacia adelante. La moto pudo tener espacio para un tanque de nafta y baterías.

Cuenta la anécdota que, cuando finalmente llegó al pueblo, los policías lo detuvieron por estar usando una moto con chapa patente de auto. Guionistas del mundo, para cuando la peli?

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Parada: Córdoba

 

Los inseparables siguen en la provincia del Fernet con Cola. Esta vez, sumando a lo ya vivido les mostramos algunas fotos y relatos extra de su paso por Córdoba.

Salen a su Encuentro

Al viajero que anda con la mente abierta y los ojos atentos, se le presentan mil oportunidades. Los nuevos amigos de T & F aparecieron de la nada cuando paseaban por el dique: Una pareja que había recorrido todo Córdoba en scooters 125cc -algo mucha más difícil de lo que suena- los invitó a tomar algo y se terminó convirtiendo en una estadía de toda la tarde. Los moteros tienen muy buen ojo para reconocerse entre sí mismos.

Pasamos un dia genial!! Porque la aventura sobre las dos ruedas es incierta, cambiante, salimos sin saber adonde íbamos a pasar el día y terminamos haciendo nuevos amigos… Lo que brindan las dos ruedas es increíble!!
Abandonamos su hogar casi cuando caía el sol, ya arreglando la próxima juntada, volviendo a nuestra locación con una sonrisa como siempre. Palabras de Tincho.

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Parada: Córdoba

 

¿Por dónde andan Tincho y Flavia ahora, preguntás? Bueno, uno (si leyó el capítulo 1) sabrá que habían arrancado hace poco desde Buenos Aires. Podrías imaginarte que en este momento están en alguna aventura, o con un problema en la suspensión de la moto en un camino de ripio aledaño de la ruta 40 pero…

Salió asadito y pileta

No todos estos viajes implican aventura constante, desperfectos, porrazos y etcétera. A veces, uno va conociendo gente que te invita a hacer una parada que permite recuperar fuerzas. T&F conocieron a un amigo, Esteban, que habiendo viajado a Alaska en moto por su propia parte los invitó a pasar una buena tarde y compartirles grandes tips que fueron desde rutas recomendadas hasta mantenimiento de “La Ñoña” como se apodó la BMW que los lleva por todos lados.

Lo más duro siempre terminan siendo las despedidas, con esa sensación de que no importa qué tan bien se la esté pasando o qué tan a gusto uno se sienta con las personas que va conociendo, la misión es clara y es seguir adelante por el camino. Próximamente, más sobre las aventuras de esta pareja motorizada.

El lugar donde se reúnen la infinita sensación de andar en moto: la libertad, el saber que podés, llegar donde querés... Y tambien las noticias, las cosas que debemos saber, las nuevas normativas y leyes; todo confluye en este blog que espera que te sumes, que opines, que compartas.

Empecemos este viaje juntos, con el viento en la cara.

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