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Anecdotario- Mi primer viaje en moto

Había acompañado a mi primo Héctor a visitar a sus abuelos de la otra rama familiar.

La casa quedaba en un barrio privado, cuando los barrios privados se parecían más a quintas que a mundos cerrados.

Eran los últimos días de noviembre. Durante la mañana había estado nublado y fresco; pero a la tarde, el sol estaba furioso: los chapuzones en las piletas de los vecinos tapaban la música clásica que salía de la radio que la Abuela de Héctor iba trasladando de un lado al otro.

En la casa en la que estábamos también había una pileta. Habíamos traído mayas en la mochila porque mi tío sabía que el día iba “a ponerse bárbaro”. Nos moríamos de ganas por meternos. Y, sin embargo, nos tuvimos que aguantar esas ganas, para no delatar la travesura que habíamos hecho al mediodía, cuando aburridos de dar vueltas sin sentido por la casa, habíamos llegado al garaje.

Entre estantes repletos de clavos, tornillos y arandelas, habíamos descubierto un ciclomotor apoyado a la pared. Ninguno de los dos había manejado nunca algo con motor, pero pensamos que no podía ser más difícil que manejar una bicicleta. A escondidas salimos a la calle y nos subimos.

El primero en manejar fue Héctor, yo iba atrás. Dimos una vuelta por todo el barrio sin problemas.

Después pasé yo al volante. A medida que iba acelerando, empecé a sentir miedo de no poder controlar la moto, como si fuera una especie de caballo enloquecido al que no podía domar. Manejaba cerca de la vereda intentando que la rueda no golpeara contra el cordón. Pero fue lo primero que hice; ni bien la goma tocó la vereda, la moto empezó a zigzaguear y caímos al piso, arrastrándonos por el pavimento unos metros.

La moto terminó rayada y con una luz rota; nosotros con las piernas raspadas y un poco ensangrentadas.

Regresamos la moto al lugar en el que la habíamos encontrado, tapamos las heridas debajo de los pantalones largos y nos pasamos el día sufriendo el calor, el contacto de la tela en la piel y la vergüenza de haber hecho una estupidez.

A cada rato, la abuela se acercaba y nos invitaba a sacarnos los pantalones largos e ir al agua. Negábamos con la cabeza y nos mirabamos de reojo como dos perros a los que acaban de encontrar comiéndose el sillón.

Nunca nadie nos retó por los daños en la moto.

Diez años después, mientras recorríamos en moto el sur de Argentina, nos acordamos de aquella tarde en la que nos subimos por primera vez a una moto y habíamos aprendido a las malas la importancia de manejar usando las protecciones adecuadas.

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