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La ruta 66 de Estados Unidos es un lugar mítico: cualquiera que escucha hablar de ella no puede evitar pensar en una moto recorriendo el desierto al ritmo de ese himno rockero que creó Bobby Troup en 1946, y que después inmortalizaron los Rolling Stones, revitalizaron los Depeche Mode y que en nuestro país se hizo inseparable de ese guitarrista furioso llamado Pappo.

Con más de 90 años de existencia, la Route 66 es más representativa de la historia de su país que cualquier museo que pueda recorrerse.

Es, además, un ícono de su máximo exponente cultural: el cine. Su pavimento fue el que dio vida a películas emblemáticas como Easy Rider, Kill Bill y Asesinos por naturaleza, por ejemplo.

Símbolo, también, de la identidad de la nación: su existencia nos habla de progreso, de rock, de jazz, de tristes historias de moteles, de la presencia asfixiante del desierto y sus serpientes que se arrastran, cansinas, de orilla a orilla, y de esos primeros establecimientos de comida rápida, en la que se podían saborear enormes hamburguesas y sabrosos hot dogs, el menú preferido de los norteamericanos.

Su largo es de unos 4.000 km, uniendo Chicago a Los Ángeles, y cortando horizontalmente al país, como marcándole una gran sonrisa. Inaugurada en 1938, fue la primera carretera completamente asfaltada de Estados Unidos.

En 1985 dejó de funcionar como ruta oficial, reemplazada por un moderno y confortable sistema de carreteras nuevas. Sin embargo, a partir de los ´90, y debido a su valor simbólico, se transformó en un hito turístico para amantes de los viajes en auto y en moto.

Lejos de apelar a la nostalgia, traemos a cuento esta ruta para hablar de otra, la Ruta Nacional 40, una ruta que es nuestra y que nada tiene que envidiarle a la Route 66. Incluso, de la mano de La Renga, la 40 también tiene un himno propio.

Está considerada dentro de las cinco o diez mejores rutas del mundo por su imponente extensión: 5.194 km.

Al igual que la Route 66, la Ruta Nacional 40 también atraviesa al país, pero lo hace de forma vertical, uniendo norte y sur. Su recorrido va desde Río Gallegos hasta La Quiaca, recorriendo, en el camino, once provincias.

Su paisaje incluye unos veinte parques naturales, más de diez grandes ríos y casi treinta puertos de montaña.

Creada en 1936, la Ruta Nacional 40 es la más larga, más famosa y representativa del país. Una maestra rural, por ejemplo, la recorrió entera para enseñarles geografía a sus alumnos. Es que, efectivamente, en su extensión cruza por toda la fauna, flora y los diferentes climas de Argentina.

Y, al igual que la Route 66, la Ruta Nacional 40 es un museo vivo de la historia del país: algunos de sus tramos son los mismo que recorrían los Incas, en el siglo quince, o las ancestrales rutas de los Tehuelches, cuando a pie deambulaban en busca de sus víveres, o las rastrilladas usadas por los exploradores de la Patagonia, como Musters o Moreno. Su ruta alberga Monumentos Históricos Nacionales, sitios declarados como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, restos de antiguos poblados precolombinos y lugares de residencia de los Pueblos Originarios.

Benka nació en Ptuj, una pequeña aldea de Eslovenia, donde estudió biología. Allí creció y se dedicó a la enfermería y a trabajar como masajista. Llevaba un estilo de vida ameno, y le iba bien con todo lo que hacía.

Un día común y corriente de 1997 mientras ejercía, con un dejo de aburrimiento, su rutina diaria, se le cruzó por la cabeza una idea absurda: poner en pausa su profesión e irse a recorrer el mundo, nada más y nada menos, que en moto. Lo absurdo de la idea era, sobre todo, la parte de la moto; ella jamás se había subido a una.

Sin pensarlo dos veces, se anotó en una academia de manejo y sacó la licencia. Así, siete meses después y con solo haber hecho 380 millas en su moto F650GS, salió a la ruta y se lanzó a la aventura. Estaba convencida que la confianza en sí misma era la única seguridad que necesitaba para que todo saliera bien, y que mientras esa fuerza interna la guiara nadie ni nada iba a detenerla. Y lo logró,  porque estaba impulsada por las ganas de conocer otras culturas y de recorrer miles de kilómetros, para poder experimentar ese sentimiento de libertad absoluta que todavía no conocía.

Viajó durante cinco años, en los que recorrió 75 países y 7 continentes, haciendo un total de 112,000 millas. Experimentó situaciones nuevas y se llenó de experiencias. Al finalizar el viaje ya no era la misma mujer que se había subido esa primera vez a la moto. En una entrevista dijo: “Lo que he aprendido en la carretera, es más valioso que lo que he aprendido en la universidad.”

Al volver, se encontró con que había marcado dos nuevos Récord Guinness; el viaje más largo jamás emprendido por una mujer, tanto en el tiempo, como en la cantidad de kilómetros recorridos. Y que en Eslovenia había sido nombrada “Mujer del año”, convirtiéndose en una celebridad.  

Después de un tiempo escribió un libro donde relató toda su experiencia e inspiró a muchas personas a nunca darse por vencidos, al recordarles que nada es imposible.

De hecho, en una entrevista que le hicieron hace unos años dijo: “Yo ya no acepto la palabra imposible o el no se puede hacer, como respuestas válidas. Yo ahora soy mucho más exigente como persona, y he aprendido a aprovechar al máximo el tiempo disponible. Odio los desperdicios de cualquier tipo: recursos, tiempo, energía, dinero y posibilidades. Mi visión del mundo cambió también. Veo el mundo como un lugar más amable, humano y maravilloso. Estoy segura de que todavía estamos a tiempo de hacer un lugar aún mejor, con más entendimiento y menos paranoia.”

En la actualidad, Benka se ha transformado en una viajera frecuente. En sus testimonios puede verse su preocupación por el nivel de pobreza que descubre en sus viajes, por la falta de amor y el alto nivel de odio que ve en la sociedad y, lo más llamativo, por el rechazo a otras culturas que nota en cada país al que llega.

Con su moto intenta ser un agente de cambio; llevando buenas semillas por los lugares que visita, con la confianza de que el mundo es uno solo y que si nos acercamos y conocemos más, podemos transformarlo para bien.

Porque, como repite siempre, ella no cree en lo imposible.

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